viernes, 23 de marzo de 2012

Los desaparecidos y una niña

Los desaparecidos y una niña

Desde antes de nacer, desde antes de ver la luz -luego desagradable- y salir de la oscuridad-antes agradable-, viajando en panza, las tres niñas [hoy 14, 11 y 7] han compartido marchas y contramarchas, festivales, actos y presentaciones de libros en torno a la realidad de nuestro país y latinoamericana. Unas veces de acuerdo en ir, otras no tanto, y algunas con cierto cansancio e incomprensión. En las últimas cuatro o cinco marchas del 24 de marzo, el tema recurrente de diálogo es por qué unos van y otros vienen, o por qué hay gente en el medio y en ninguna de las dos, y por qué esto o lo otro. Explicarles la interna feroz, egoísta y de principios que a veces se mezclan con personalismos que conducen a algunos grupos hacia la nada misma, no es fácil. Creo que aún hoy no lo entienden. A veces, nosotros tampoco.

A pesar de estas observaciones en las marchas, su admiración a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo desde muy pequeñas no decreció en lo más mínimo. Las miran, abrazan y besan con afecto. Su alegría, ante la sencillez y la calidez de estas mujeres, las envuelve en un manto de ternura que las emociona hasta poner sus cachetes colorados y ojitos de lluvia.

Siempre cuentan las más grandes; cuando algunas de las Madres, pañuelo en cabeza, sonrisa en boca, caricia en mano, se rió y habló con ellas como si fueran amiguitas.

Es que saben que son Madres y parecen abuelitas.

Es que saben que tienen hijos que no tienen, y tienen hijos, por miles, sin haberlos tenido.

Las ven y dicen: mira ahí están las Madres de Plaza Mayo, y las abuelas.

Saben muy bien qué hay en la historia de los pañuelos.

Saben de los desaparecidos, de los encontrados y de los aún por encontrar.

Saben de Julio López.

Pero Luisina, la de siete, nos ha estado hablando de los desaparecidos a través de vivencias, desde que tiene tres años.

Su abuelo enfermó de repente y quedó internado varios meses, en coma y sin posibilidades de recuperación.

Su sufrimiento [al igual que el de sus hermanas] y como el de todo niño enamoradísimo de su abuelo, las y nos destruía. Pero con tres años ella lo exteriorizaba, lo escupía, nos abofeteaba con todas las preguntas, consultas y demostraciones de dolor y amor. Se distinguía de sus hermanas pidiendo constantemente poder verlo en la clínica.

Aparatos enchufados a un abuelo que no era quién había sido era una imagen nefasta para una niñita.

Pero insistía casi obsesionada en ver a su abuelito.

Sabiendo de lo cercano de su muerte les ofrecimos a las tres si querían entrar a verlo. Obviamente explicándole su estado y la inacción que tendría ante preguntas o caricias.

No hace falta decir quién fue la única que quiso entrar. Quería ver a su abuelo y lo vió. Le hablaba desde la puerta, con barbijo y delantal, y lo miraba con ojitos llorosos, pero pudo verlo y se despidió a su manera.

A partir de ese día todo cambió.

Siempre cuenta “ví a mi abuelito Tito cuando estaba enfermito”. Regresó al tiempo con el tema de ir algún día al cementerio, terminó llevándole flores, hablando y preguntando mil cosas que nos retorcían de dolor en momentos como esos. Pero sabe donde está el cuerpo de su abuelo. Sabe como murió. Le duele y lo llora cuando los chicos entran en su extrañar y angustiar nocturno, pero lo sabe.

Hace unos años un hermoso pajarito cayó de algún vuelo fugaz y quedó tirado en el patio. Las niñas lo curaron y dieron de comer para que se recupere y vuelva a volar. Lamentablemente no sobrevivió. Cuando ellas no estaban en la casa, pájaro en bolsa y a la basura. Al volver, Luisina quería verlo, no aceptaba que se hubiera muerto. Quería verlo. Lloraba. Hubo que dar vuelta el tacho de basura, sacar todo, abrir la bolsa y mostrárselo. Quiso enterrarlo. Le pusimos una lamparita sobre el montículo de tierra junto a una parra para saber que está ahí. A veces jugando quiere que lo desenterremos para ver como están sus huesitos. Sí, es verdad, cosas de chicos, pero de eso al hecho hay un no. Y habla de su pajarito muerto y enterrado en el patio. Sabe que se murió y donde está. Lo sabe.

Hoy tiene siete años, pasaron cuatro desde lo de su abuelo y un par desde lo del pajarito.

Hace unos días se murieron varios pececitos porque se lavo la pecera con algo que muy bien no les hizo.

Cuando se le contó lo sucedido, se entristeció porque también jugaba con ellos y les hablaba, como a todos y a todo.

Lloraba y preguntaba: ¿dónde están? ¿dónde están? ¿dónde están?

Sí, los pescaditos muertos.

No, no están.

¿Dónde están?

Ya se tiraron a la basura.

Quiero verlos. ¿Dónde están?

No están. Ya los tiramos en el tacho adentro de una bolsita.

Hubo que revolver toda la basura.

Luego de corroborar donde estaban dijo: “Bueno, ahora sí”.

Volvió a jugar.

¡Lo sabe!

¡Habrá que revolver toda la basura!

¡Queremos saberlo!

escrito en abril 12 de 2008.


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