martes, 17 de septiembre de 2019

Coloreando la esperanza


(A Yami, por los colores y aromas deslumbrantes 
que brinda a mi vida con sensibilidad inusitada)




Coloreando la esperanza     


En la belleza de esta obra
fuiste dando pinceladas
como quien no acepta
colores establecidos
en cuadros de vida pasada

Delineaste la sonrisa
con sensibilidad de artista
en el lienzo de mis ojos encendidos
y en los tuyos encontrados
quitándole al tiempo el sentido
 

Deslizaste esas tiernas manos
liberadas  de ataduras
con la ternura de tus dedos
que hoy hurgan sin dudas
entre mi pecho y la espalda


Silenciaste las palabras
y les diste mayor significado
en el cruce de los labios
saltando los muros de lo incierto

Y en la composición artística de tus besos
se acompasó el ritmo de la obra
a través de la textura de tus brazos
creando un nuevo universo

Cuando en la inabarcable dimensión
entre líneas, masas y tonos de ilusión
tu arte se expresó en la profundidad
infinita de nuestros abrazos

Abrazos que crecen apiernándonos
entre los colores más ignotos del amor
que pintora alguna haya creado
con el pincel de su corazón.

M.C
17 de septiembre de 2019
Desde El Bohío

domingo, 9 de junio de 2019

Sos



Sos la caricia sorpresa
la brisa de la mañana
la ternura engalanada
la que llega con el sol
y habita esta morada
de un extraño corazón

miércoles, 8 de mayo de 2019

El suicidio más amoroso - Una historia de la Feria del Libro

Se acercó enjuto, achicándose aún más de lo que los años lo habían obligado, reduciéndose en su humanidad golpeada por trabajos duros que denotaba su cuerpo de mucha más edad que la cronológica. Susurró al oído el título y pidió que lo hiciera con discreción, ya que el desubicado vozarrón era notorio en el stand y su astucia para un acto de semiclandestinidad lo llevaron a tomar precauciones.
Buscamos el libro y pidió que lo ocultáramos porque estaba cerca su destinataria. Todo era raro para nosotros, no para él. Por favor, en silencio y que no vea nada. Sacó su tarjeta de débito y parecía como que rezaba para que hubiera fondos. Su aspecto de trabajador duro de toda la vida, de hombre pobre y achacado por enfermedades a la vista de buen observador, con sus pómulos hundidos, su boca un tanto chupada y sus labios finos, así como sus ojos cansinos rojos escribían un relato de una vida, de muchas vidas en un cuerpo, que ahora estaba decidido a realizar una acción que contó mientras la tecnología se tomaba su tiempo en ese proceso del capital volátil de las conexiones.
Mientras contaba todo, como un libre de pecados inexistentes dentro del confesionario repleto de gente —que había dejado de existir debido a mi curiosidad sobre este misterioso ser— ocultaba el libro en su bolsito de trabajador. Concluimos el trámite en cuestión y apareció una joven de unos veintitantos años, mucho más alta que él, de gran porte, con los mismos rasgos del hombre silencioso y con una sonrisa indagó sobre qué estaba haciendo allí.
El, con su sencillez y amorosidad que siempre transmitió le dijo que nada, que había preguntado algo y ya estaba saliendo.
Ya fuera del stand, se detuvieron en el pasillo. Veía los labios de ambos moverse en conversación inaudible, gestos con sus manos, —y el resto de los lectores seguía esperando impaciente en la fila de la caja porque nada me importaba más que este hecho— y movimientos y las manos del trabajador entraban al bolso y sacaban el libro y se lo daba a la chica y ella pegaba un salto y se emocionaba y lo abrazaba como si fuera el último abrazo de su vida o tal vez el primero, y un Gracias Papá que se oyó a pesar de los imprudentes bulliciosos, y otro abrazo y lágrimas de alegría, y el hombre que volvió al mostrador y yo que apenas lo divisaba porque mis ojos se nublaron con la luz de ese amor en ese pequeño mundo e instante, le tendía la bolsa que habíamos acordado que llevaría luego de la sorpresa.
Este trabajador, con su dignidad y pobreza le regalaba “El suicidio”, de Durkheim, ya que su hija lo precisaba para estudiar pero le había pedido que por favor no gastara, que lo iba a leer en las redes, y el desobediente amoroso laburante papá nos regaló una de las imágenes más tiernas y bellas de esta feria del libro.

martes, 16 de abril de 2019

Lo esencial de la milanesa no es el empanado, aunque tampoco existe sin él


Lo esencial de la milanesa no es el empanado,
aunque tampoco existe sin él

Desde aquel hecho de la milanesa en un supermercado donde dos seres humanos peleaban por la última oferta, mascullamos las reacciones y análisis en la vida real cotidiana y en la virtual ,como aquí, facebook face facebook.
Desde las comparaciones y tristes humoradas de que "no era Venezuela" hasta el análisis sociológico de la lucha por la comida barata a raíz del hambre. Hambre tan real como la carne, la oferta, las dos personas que discutían, tan real como el empanado, como la milanesa.
Casi todos los análisis y las espantosas repeticiones de los medios de comunicación concluyeron que era el hambre quien llevaba a esta violencia barrial de pobres contra pobres.
Se quedaron con el empanado de la milanesa.
Sigo sin pensar que la pelea era, en esencia, por hambre.
Lo esencial de la milanesa es la carne.
Claro que sin empanado no hay milanesa,  solo un churrasco.
Entonces, ambas, carne y empanado, hacen a la milanesa.
Pero el empanado solo es pan que no alimenta, solo rellena e infla las panzas, o las mentes.
Las discusiones ocupan horas y horas. Y se centran luego de un par de intercambios, cuando no de entrada, en la agresión al otro. En la descalificación de la persona, en la falta de facultades para decir tal o cual cosa, en pensar de esa estúpida manera, en escribir mal, en ser tan ignorante o tan sabedor, en atacar y atacar y atacar, discutir y pelear por una oferta de milanesa.
Si sumamos como ejemplo, el incendio de Notre Dame podemos escribir varios libros, de posiciones encontradísimas y de nuevo la agresión, la descalificación y todo lo dicho anteriormente sumado en este caso a la defensa o ataque a una estructura que representa un acontecimiento cultural de mil años.
¿Será la "cantidad" de años lo que provoca la efervescente discusión que ha desatado?
¿Será que nos negamos a aceptar la destrucción así de un saque, como el derrumbe de un castillo de naipes, porque no es natural ni cotidiano?
¿Reaccionamos todos los días de la misma manera ante la cotidiana e inhumana destrucción de millones de seres humanos, (y que lleva más de mil años, salvo honradas excepciones por cortos períodos de tiempo en determinados lugares) porque se nos ha hecho natural y no es un incendio de miles de personas concentradas en un basural?

Vivimos disparándonos a mansalva con gatillos de teclas o táctiles tocaditas y nos herimos con palabras que sangran para siempre tener la razón o al menos estar más cerca de ella que el otro.

No será que la carne es: la infelicidad, la bronca, la ira, la decepción, la debilidad, la impotencia de no poder cambiar ni la economía ni el gobierno (salvo en ese instante en que las leyes obligan a poner el papelito en la urna) y entonces se acumulan por años ante el crecimiento del sufrimiento y la angustia de la pasmosa inacción y allí surge el maravilloso empanado y nos cagamos a trompadas o nos puteamos por las redes.

Mientras tanto, ellos, los dueños del supermercado, del papelito de la oferta, los dueños de las construcciones, los dueños de la carne y empanado real, viven en un inmoral festín porque en definitiva son los que accionan y se creen dueños de nuestras vidas y nuestros destinos, salvo, claro está, que decidamos lo contrario,
y repartamos las reales milanesas, de carne y empanado,
en lugar de seguir descargándonos entre nosotros.

Desde El Bohío
16.04.2019

jueves, 31 de enero de 2019

Conmovedoras páginas escritas sobre el incomparable Tolstoi.


"
Antes casi nunca me había hablado sobre esta cuestión, y su vehemencia, por inesperada, me deja como aplastado, arrollado. Callo. Él, sentado en el sofá, entrecruza las piernas, deja escapar por entre la barba su risita triunfante y dice amenazándome con el dedo:
 - ¡De ésta no se librará con el silencio, esta vez no!

Y yo, que no creo en Dios, sin saber por qué le miro cauteloso y un poco acogotado; le miro y pienso: "¡Este hombre se asemeja a Dios!".

(Recuerdos de Maxim Gorki sobre Tolstoi)
Conmovedoras páginas escritas sobre el incomparable Tolstoi.
Desde El Bohío.
Enero 2019