miércoles, 8 de octubre de 2014

Lo importante no es que haya muerto.


Lo importante no es que haya muerto.

Pregonan la cultura de la muerte.
Un meticuloso pergeñado sistema filosofíco de la derrota.
Con mucha inteligencia, con bellas palabras, con directos o subliminales mensajes desde las fuerzas dominantes, y a veces con cierta inocencia o inconciencia desde los sectores mas afines con el pensamiento revolucionario que colabora con este plan órganico de ideas.
Se resaltan virtudes, moral, ética, coherencia, pobreza, pero al final viene la estocada perfecta que aniquila lo antes mencionado porque se impone, en la cabeza del lector, el epílogo con la imagen del muerto, con el rostro abatido, (aunque se le dibuje poesía a su mirada), con el mensaje más derrotero que tiene la clara intención de expresar: Así se termina. Ese es el final del camino.
Los destinatarios de tal mensaje son escogidos como el buen trigo del campo confuso de la sociedad. Los jóvenes. Los rebeldes. Los inquietos. Los descontentos.
Y en ese supuesto homenaje encubierto por la hipocresía de la manipulación de ideas se olvida su pensamiento más radical expresado a través de aquellas proféticas y sabias palabras.*


Por eso lo importante no es que haya muerto.
 

Lo importante es que haya vivido, cómo vivió, y lo que legó.

"En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria."

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